De la santificación

Capítulo 31

1. Aquellos que son unidos a Cristo, que son llamados eficazmente y regenerados, teniendo un nuevo corazón y un nuevo espíritu, creado en ellos en virtud de la muerte y resurrección de Cristo, son también santificados aún más, real y personalmente (Hch. 20:32; Rom. 6:5, 6), en virtud de esta muerte y resurrección, por medio de Su Palabra y Su Espíritu que habitan en ellos (Jua. 17:17; Efe. 3:16-19; 1 Tes. 5:21-23); el dominio de todo el cuerpo de pecado es destruido (Rom. 6:14), y los diversos deseos del mismo son cada vez más debilitados y mortificados (Gál. 5:24); y ellos son cada vez más vivificados y fortalecidos en todas las virtudes salvadoras (Col. 1:11), para la práctica de toda verdadera santidad, sin la cual nadie verá al Señor (2 Cor. 7:1; Heb. 12:14).

2. Esta santificación es por completo, en el hombre en su totalidad (1 Tes. 5:23), aunque imperfecta en esta vida; aún quedan algunos remanentes de corrupción en cada parte (Rom. 7:18, 23), de donde surge una guerra continua e irreconciliable; el deseo de la carne siendo contra el Espíritu, y el del Espíritu contra la carne (Gál. 5:17; 1 Ped. 2:11).

3. En dicha guerra, aunque la corrupción remanente prevalezca mucho por un tiempo (Rom. 7:23), aun así, la parte regenerada vence mediante la continua provisión de fuerzas por parte del Espíritu santificador de Cristo (Rom. 6:14); así los santos crecen en la gracia, perfeccionando la santidad en el temor de Dios, esforzándose en pos de una vida celestial, en obediencia evangélica a todos los mandatos que Cristo, como Cabeza y Rey, les ha prescrito en Su Palabra (Efe. 4:15, 16; 2 Cor. 3:18; 2 Cor. 7:1).